Voluntariado en Bruce Peninsula (Ontario)

21 de mayo 2008

Salí de casa a las 3 de la mañana, con lo cual apenas dormí aquella noche. Mi vuelo era con Air Canada pero operado con Lufthansa y salía de Madrid a las 6:20 de la mañana. Mis padres me acompañaron y me despedí de ellos dejándolos un poco acongojados. No era para menos, veían a su hija marcharse a tierras lejanas, sola y sin conocer a nadie en el destino, y para nada más y nada menos que seis largos meses. Bueno, había contactado con algunos couchsurfers y en Toronto me esperaba una de ellas, pero no los conocía en persona.

Cuando pasé el control de seguridad y me dirigí a la puerta de embarque de mi vuelo, sentía que empezaba la gran aventura que había estado planeando durante tanto tiempo. Atrás quedaban las dudas, los miedos, las indecisiones y la lucha que tuve con mis padres que no aceptaban demasiado mi partida; ahora llegaba el momento de vivir esta historia sobre la que tanto había imaginado. Estaba nerviosa, no era para menos, hace falta valor para emprender una aventura así yo sola (no creáis que por viajar sola no tengo miedo de hacerlo) pero también estaba emocionada y contenta. Por fin nos subimos al avión que nos llevó a Frankfurt, lugar donde tenía una escala de unas cuantas horas antes de coger el vuelo a Toronto.

En Frankfurt tuve mucho tiempo para pasear, leer, comer algo y estudiarme el manual de instrucciones de la cámara réflex digital que me había comprado recientemente. Pensé que no podía irme a Canadá sin una buena cámara, pues sus espectaculares paisajes lo merecen, así que la compré tan sólo tres semanas antes del viaje. Por fin embarcamos en el vuelo a Toronto; nunca olvidaré la emoción que sentía mientras esperaba en la cola sabiendo que aquel gran sueño estaba a punto de hacerse realidad. El vuelo se me hizo largo pero no me aburrí; hubo tiempo de comer, ver pelis, leer y dormir. Este era mi segundo vuelo de larga distancia, y de nuevo al continente americano (el primero fue a Perú). Cuando anunciaron la llegada a Toronto me asomé por la ventanilla tratando de vislumbrar la gran ciudad que nos esperaba.

Al bajar del avión tuve que pasar por inmigración donde había una tremenda cola. No sé cuánto tiempo estuve esperando allí, pero seguro que fue más de una hora. Ya empezaba a impacientarme porque mi equipaje estaría saliendo por la cinta y yo no estaba ahí para recogerlo. Cuando por fin me atendieron, el policía me hizo numerosas preguntas sobre mi estancia en Canadá. Supongo que sospecharía porque iba para un tiempo largo, así que traté de salir del paso diciendo que iba a visitar amigos, viajar y tal vez a hacer un curso de inglés. No quise mencionar nada del voluntariado en caso de que me exigieran un visado de trabajo (algo que no me quedaba del todo claro si lo necesitaba). El tipo me preguntó incluso con cuánto dinero contaba en mi cuenta bancaria y ya pensaba que me pediría un extracto bancario, aunque al final no lo hizo. A pesar de mis nervios, conseguí salir del paso, y después de poner el sello correspondiente en el pasaporte, me dieron la bienvenida a Canadá.

Cuando llegué a la cinta del equipaje, allí estaba mi maleta, tirada en el suelo, entre unas pocas más que aún no habían sido recogidas. Vaya peligro, ¡cualquiera podía haberse llevado mi maleta!, pero no hay por qué preocuparse, en Canadá todo es muy seguro. De ahí me fui a preguntar por el autobús que me llevara a Toronto Downtown, el centro, el llamado “Express Bus”. Elegí este cómodo pero caro medio de transporte como alternativa al transporte público, más barato pero complicado si una va con tanto equipaje.

Después de averiguar de dónde salía este autobús, me subí a él, rumbo al centro de la gran ciudad de Toronto. Era una tarde oscura y lluviosa, y por la ventanilla miraba todo sin perder detalle. Me alegré de ver los carteles escritos en inglés, y algunos en francés también; llegó el momento de cambiar el chip. ¡Ya estoy en Canadá! Por fin estoy aquí, casi no podía creerlo, qué emoción.

Tras un atasco en la entrada de la ciudad, el autobús empezó a avanzar y lo primero que llamó mi atención fue el enorme lago Ontario y junto a él un gran parque.
Luego empecé a ver los primeros rascacielos, ya nos acercábamos al centro. Me bajé en la parada de Royal York Hotel donde había quedado con Mary, la couchsurfer que me iba a alojar aquella noche. Le envié un mensaje a su móvil y al poco tiempo apareció. Me llevó a su apartamento, en una zona moderna cerca de Union Street. Mary era inglesa pero llevaba 28 años en Canadá (ahora tenía 51 años), y era profesora en una escuela.
Al entrar en el apartamento nos encontramos con otra couchsurfer que se estaba quedando unos días en casa de Mary. Se llamaba Andrea y era una alemana de cincuenta y tantos años, muy abierta y habladora. Al día siguiente se iba a Vancouver en tren donde iba a vivir durante tres meses. Fuimos a un restaurante cercano a cenar con una amiga de Mary que era argentina. Allí ya empecé a notar los efectos del jet-lag y me caía de sueño. Tuve que hacer esfuerzos para mantenerme despierta durante la cena pero al llegar a casa caí dormida como un tronco.

22 de mayo – 12 de junio 2008

Al día siguiente salí de la casa de Mary a las 7 de la mañana para ir a la estación de autobuses de Bay donde cogería mi autobús a Owen Sound, ciudad de Bruce Peninsula. Tuve que coger un autobús urbano hasta allí y llegué con tiempo de sobra para comprar mi billete.

El viaje a Owen Sound fue emocionante: primero los parques de Toronto con multitud de ardillas, luego las zonas residenciales con sus casitas, los autobuses amarillos de los colegios, las banderitas de Canadá por todas partes, las casitas de madera, los bosques y praderas,… Estaba descubriendo la provincia de Ontario por primera vez.

Llegué a Owen Sound a las 12:30 y no me quedó más remedio que esperar a Stéphane, el biólogo de la estación ornitológica durante hora y media. No pudo venir antes porque sólo había otra voluntaria allí y tenía que quedarse hasta que acabara la jornada de trabajo. Aproveché para dar un paseo por el pueblo pero no tenía nada de especial. Cuando llegó Stéphane, me llevó a una cafetería para invitarme a un café y allí charlamos un rato para conocernos. Él era francés pero llevaba unos seis años viviendo en Canadá, y unos cuatro años trabajando en esta estación ornitológica (trabajo estacional de primavera a otoño).

Después tuvimos hora y media de coche hasta Cabot Head, donde se encontraba la estación.
Al entrar en la que sería mi casa en las próximas 3 semanas me quedé impresionada. Era una preciosa casa de madera muy espaciosa frente a un lago. En realidad estábamos en Georgian Bay y el lago era uno de los grandes lagos, el Huron. El lago también estaba por detrás de la casa, así que estábamos rodeados de lago. La parte posterior parecía más un mar ya que no se veían los límites.

En la casa conocí a Sophie, la que sería mi compañera de voluntariado y habitación en las próximas tres semanas. Era una estudiante de biología canadiense de tan sólo 19 años, y que no paró de sorprenderme en los días que siguieron.

Había también una “ecolodge”, una casa que se alquilaba a turistas y que servía para generar fondos para la organización que gestionaba esta estación ornitológica: Bruce Peninsula Bird Observatory. En esta página web podéis leer información sobre el programa de voluntariado. Podéis ir como voluntarios desde una semana hasta tres meses o más, entre primavera y otoño (en verano la cosa está más “quiet” pero en primavera y otoño podéis ver bastantes aves por la migración).
Al día siguiente comencé a trabajar y me costó un poco coger el ritmo. Había que madrugar mucho (nos levantábamos sobre las 5 de la mañana) para abrir las redes donde atrapábamos las aves justo al amanecer. Después se hacían rondas cada media hora para comprobar si habían caído aves en las redes. Extraímos las aves de las redes y las llevábamos a la caseta donde eran anilladas, pesadas, medidas, sexadas e identificadas.

Los pajarillos esperan pacientemente su turno en el interior de las bolsas

Nosotras no teníamos permiso para manipularlas y tomar mediciones ya que no teníamos certificado de anillador (a diferencia de Perú que si pude hacerlo), con lo cual entregábamos las aves a Stéphane y él lo hacía. Nosotras tomábamos los datos y a veces aprovechaba para hacer alguna foto, como las que hice a estas aves.


Debo decir que a mi me daba un poco miedillo andar por ahí sola cuando iba a recoger las aves caídas en las redes, ya que los osos negros rondaban por la zona y siempre estaba ese miedo de que aparecieran. Pero yo era la única que les tenía miedo porque mis compañeros no les temían en absoluto. A veces se iban solos a dar una vuelta por las tardes pero yo sólo salía si era con ellos. Sophie me contó que cuando llegó a la estación vino en bici desde Owen Sound y tuvo que acampar por el camino. Dice que en una ocasión se acercó un oso a su tienda pero ella le espantó con ruido. Ella no entendía por qué yo tenía miedo de ellos. Claro que me contó que se había críado en el campo y desde los doce años dormía en una tienda de campaña en el terreno donde sus padres tenían la casa. Esta chica iba descalza por ahí y trepaba por los árboles con una facilidad pasmosa, toda una mujer salvaje bien adaptada al medio.
El primer fin de semana vino un grupo de señoras voluntarias que ayudaban ocasionalmente. Nos hicimos esta foto de grupo, el día que más voluntarios nos juntamos.
La primera excursión que realicé fue con Sophie una tarde y llegamos a otras zonas del lago.
Había muchas zonas encharcadas, y prados con florecillas amarillas llamadas “Lakeside Daisies” (únicas de los Grandes Lagos).
Pero la primera excursión en condiciones fue la que hicimos cuando Jackie, una amiga de Stéphane, vino de visita unos días. Subimos al “bluff”, una especie de peñasco o risco desde el que se divisaban vistas impresionantes del lago y el bosque.

Desde ahí se veía nuestra casita, diminuta entre aquella grandeza salvaje, rodeada de agua y bosque. Me sentía afortudada de estar allí, en realidad privilegiada. Cada día me gustaba más Bruce Península, y en concreto este trocito llamado Cabot Head.

Otro día Stéphane nos llevó al Parque Nacional de Bruce Peninsula, el primer parque nacional que visitaba en Canadá. Tuvimos que ir en coche hasta allí, tardando algo más de media hora. Justo antes de llegar al parking donde íbamos a dejar el coche, vimos un oso negro a un lado del camino. Era emocionante, mi primer oso negro, pero estaba contenta de estar dentro del coche.

Caminamos durante 4 horas por el famoso Sendero Bruce, que comenzaba en Niagara y terminaba en el pueblo de Tobermory, cerca de donde estábamos. Yo conocía sobre este sendero porque en un programa de Radio 3 de música New age pusieron un disco que se llamaba el Sendero Bruce, que unos canadienses habían hecho mezclando música instrumental con sonidos de la naturaleza grabados aquí. Un día tuve la suerte de que pusieron el disco entero en el programa y lo grabé en una cinta de casette. Me encantaba aquel disco y estar allí era como un sueño hecho realidad. La felicidad sería mayor si pudiera hacer el camino completo, como hicieron estos músicos, pero bueno, tampoco me podía quejar con el estupendo regalo recibido hoy.

El camino pasaba por esta presa de castores, unos auténticos ingenieros de la naturaleza, capaces de transformar el paisaje de esta manera.
Por el camino vimos muchas señales de osos (huellas, excrementos, árboles donde habían arañado, etc). Ya pensaba que aparecería uno de un momento a otro pero no llegó a aparecer (y casi mejor por otro lado). Había carteles que advertían a los turistas sobre la presencia de los osos y qué hacer en caso de un encuentro. También pasamos por una zona de acampada donde los carteles informaban donde colocar la comida (dentro de la tienda no, por supuesto, sino colgada de un árbol).

También vimos estas preciosas orquídeas con forma de zueco, muy típicas de esta zona de Canadá.
Nuestra ruta terminó en la bahía y allí estaban los preciosos colimbos, el ave nacional de Canadá, emitiendo su ondulante sonido característico. Nos sentamos en silencio a ver el atardecer, un momento mágico que nunca podré olvidar.

En los alrededores de nuestra casa teníamos comederos para colibríes, lo cual estaba genial para poder verlos. Un día uno se chocó contra la ventana porque no vio el cristal y el pobre quedó aturdido en el suelo sin poder moverse. Stéphane le cuidó con mucho mimo, dándole el agua con azúcar del comedero para que se recuperase.
También teníamos nuestra familia de gansos, que no se apartaban de la casa (probablemente para protegerse de los depredadores). Me encantaba observarlos, qué protectores y cuidadosos eran los padres con sus crías. Cuidado no te acercaras demasiado que te podían atacar, pero creo que sólo nos alertaban; en realidad nos consideraban sus protectores.
Los amaneceres y atardeceres en la bahía que teníamos detrás de casa eran espectaculares, con un cielo rojo que contrastaba con el azul del agua.

Cuando quedaban dos días para marcharme de este paraíso, Stéphane nos obsequió con una excursión espectacular. Nos dijo que nos llevaría a un lugar donde casi no habían estado seres humanos. Que él supiese, sólo él y la persona que se lo enseñó conocían este lugar. Eso sí, llegar hasta allí no fue tarea fácil. Teníamos que seguir la bahía en todo momento, no había camino propiamente dicho. A veces había playa pero otras había acantilados donde no había más remedio que saltar de roca en roca, lo cual acojonaba bastante, pero daba aventura al asunto.
Después de dos horas de caminata llegamos a este increíble bosque, prácticamente intacto, donde podías sentirte como un explorador que se adentraba en tierras extrañas por primera vez. Seguimos el arroyo para adentrarnos en aquel bosque de ensueño, y luego nos dispersamos para sentir en silencio la magia que lo impregnaba.

El último día fuimos a visitar el centro de interpretación del Parque Nacional de Bruce Peninsula. Este parque ocupa 156 km2 y es una de las zonas más protegidas más grandes del sur de Ontario, siendo el núcleo de la Reserva de la Biosfera de Niagara Escarpment. Además está junto al Parque Nacional Marino de Fathom Five, también muy interesante para visitar.

Allí vimos un video sobre el parque y pude comprobar que me quedaban muchos sitios por ver de este magnífico enclave natural. Sólo podía pensar: “tengo que volver”, “quiero ver más”. Dimos una vuelta por la exposición que tenían sobre la fauna del parque.

Salimos fuera y vimos que tenían esta serpiente de cascabel en una urna de cristal. Esta serpiente vive en libertad en la zona y de hecho era uno de los peligros de los que se advertía a los voluntarios (además de los osos). Nunca vi una en libertad, afortunadamente.
Aprovechamos para visitar el famoso pueblo de Tobermory, donde estaba el centro de interpretación. Se trata de una pequeña localidad de Bruce Peninsula, muy famosa por ser la capital mundial del submarinismo de agua dulce (por restos de barcos sumergidos). Este pueblo junto al lago, está lleno de barquitos y casitas de encanto.

Antes de regresar a la casa, pasamos por el Faro de Cabot Head, un precioso edificio que podéis ver en esta foto.
Como despedida, me senté después de cenar frente al lago para ver a mis queridos castores. Una familia de castores vivía en el barco de madera abandonado del lago y cada tarde les veía pasar llevando ramas o jugando. En la foto no se ve muy bien pero hay un cástor nadando frente al barco.
Al día siguiente me fui de allí temprano. Stéphane me llevó hasta un lugar cercano donde estaba Jessica, una bióloga que trabaja con alcaudones (una especie de ave). Ella tenía que ir a Owen Sound aquella mañana y me podía dejar allí para coger el autobús a Toronto. De verdad que me fui con mucha pena porque yo me quedaba con ganas de más. En la foto me podéis ver con un “blue jay” (arrendajo azul), una de las aves que más capturamos en aquellos días de trabajo. Nunca olvidaré este paraíso canadiense, un lugar que aunque no sea de lo más turístico y conocido del país, merece muchísimo la pena visitar.

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