Día 3: Visita al pueblecito de Zaanse Schans (16 de septiembre)

Continúo con mi relato del viaje a Ámsterdam y alrededores que realicé en septiembre del 2012. Esta es la tercera entrada de este viaje que duró cinco días y que emprendí desde Edimburgo en un autobús que tardó 20 horas en llegar a la capital holandesa. Podéis encontrar las dos primeras entradas en el enlace anterior.

Ámsterdam es una ciudad cosmopolita y cultural. En los alrededores podéis disfrutar de preciosos pueblos típicos como Zaanse Schans que merecen mucho una visita. Se puede coger un autobús en el centro y en menos de una hora ya estás allí.

Ese día Marisa y yo salimos en busca de un sitio donde poder alquilar una bici por 24 horas. Encontramos uno que tenía unas bicis verdes muy ligeras y cómodas. Yo cogí la holandesa, que era más barata (9€) y Marisa cogió la convencional (creo que le costó 12€). Marisa y yo queríamos hacer cosas diferentes, así que nos dividimos. Ella quería ver museos y yo prefería ver algún pueblecito típico de los que están en las afueras de Ámsterdam, y así escaparme un poco de la ciudad para adentrarme en un medio más rural. Me recomendaron Zaanse Schans, así que me fui a Central Station para buscar el autobús que me llevara hasta allí.

Dejé la bici aparcada en un aparcamiento de bicis y me metí en la estación. Encontrar el autobús correspondiente fue una odisea. Me mandaron a un lado, luego a otro y luego a otro más, porque cada conductor que preguntaba me decía una cosa distinta. Después de una hora perdiendo el tiempo de aquí para allá, encontré por fin la parada correspondiente y el autobús llegó al poco rato. Un grupo chinos también buscaban este autobús y preguntaron a una señora mayor que esperaba. La señora con mucha amabilidad y simpatía les respondió que el autobús vendría pronto. Me senté cerca de la señora en el autobús y le pregunté si me podía avisar cuando llegáramos. La señora habló un rato conmigo, para ser holandesa era muy simpática (lo siento pero los holandeses no me parecieron precisamente simpáticos, por eso me sorprendió esta señora). Me contó que vivía allí; bueno hay que distinguir el pueblo museo que visitan los turistas y el pueblo de verdad donde vive la gente. Yo claro, me bajé en el pueblo museo, donde van los turistas.

Zaanse Schans es un museo al aire libre del pasado pre-industrial de Holanda (siglos XVII y XVIII) y tiene una colección de molinos históricos, la mayoría de más de 200 años y que todavía están en uso. También hay casas históricas, tiendas de quesos y zuecos (donde se muestra su elaboración a los turistas). Hay un museo que está en la entrada, pero yo no lo visité porque hay que pagar. El pueblo ofrece imágenes tan bonitas como estas.

Una de las primeras cosas que visité fue la tienda de quesos que estaba llena de turistas. Había una sección que era como museo donde se explicaba cómo se hacían los quesos, y otra parte era la tienda donde podías probar distintos quesos holandeses.


Al salir de allí, escuché a un señor que me llamaba y al darme la vuelta vi a este señor que señalaba hacia otra persona. Esa persona era la señora mayor que conocí en el autobús. Me dijo que quería darme algo. Me acerqué a ella y me dio un paquetito envuelto con papel de regalo. Me dijo que era un regalo para mí y que lo abriera en el camino de vuelta a Ámsterdam. Me sorprendió muchísimo y le di las gracias.

El pueblo era encantador y no paraba de hacer fotos cada dos por tres.

También quise hacerme una foto en la que saliera yo, qué menos, je, je.
Pasé junto al lado donde estaban los molinos y seguí adelante a una zona donde había casas típicas.

A la vuelta decidí seguir el camino donde estaban los molinos. Vi que mucha gente volvía de los molinos y yo era una de las pocas que iba hacia ellos. Cuando me acerqué a ellos vi que ya estaban cerrados. Más tarde Dawa, nuestro couchsurfer, me dijo que si entras cuando están abiertos puedes ver cómo muelen el grano y hay gente vestida de época. Yo me lo perdí por ir tarde, así que si vais, id lo primero a ver los molinos ya que a las 5 los cierran.

Antes de salir, entré en la tienda de zuecos, poco antes de que cerraran. Si hubiera entrado antes podía haber visto cómo los hacían, pero de nuevo demasiado tarde. De todos modos no me quejaba, el pueblo me había encantado y la excursión en autobús hasta él también.

Algunos turistas orientales jugaban con algunos juegos tradicionales de los antiguos pobladores de la región, como estos zancos.
Volví a la parada y esperé unos 10 minutos hasta que llegó el autobús. Durante el trayecto abrí el regalo que me dio la señora holandesa. Al abrir el pequeño paquete me encontré un par de zuequitos rojos en su interior. Un pequeño detalle pero que para mi significaba mucho, pues de alguna manera había interactuado con una persona local, y además una señora mayor de aquel pueblo. Es uno de esos regalos de los viajes, mejor que ver muchos monumentos y demás atracciones turísticas.

Cuando llegué a Central Station, fui a por mi bici y pedaleé hasta Molino de Viento de Gooyer, el único que sobrevive de los cinco que funcionaban en la zona de Plantage. Brouwerij’t es la cervecería que se encuentra junto al molino. Está ubicada en unos antiguos baños públicos que en 1985 se convirtieron en cervecería.

Dawa me dijo por la mañana que por la tarde quería ir allí con sus amigos y que podía quedar con nosotras también. Cuando llegué le llamé pero me dijo que se acababa de levantar de siesta (el pobre ya llevaba dos noches de juerga seguidas) y que no iba a ir. Sin embargo más tarde tenía la celebración de un cumpleaños en un pub cercano, entonces iría a buscarnos allí para llevarnos al pub. Marisa por otro lado me llamó preguntándome donde estaba. Le indiqué cómo llegar al molino pero no lo consiguió, así que al final tuve que ir a buscarla a Central Station. Cuando regresamos al molino, estaban ya cerrando la cervecería y ella se quedó con ganas de tomar una cerveza (a mí la cerveza no me gusta así que me dio igual).

Al poco rato llegó Dawa a buscarnos para llevarnos al pub donde estaban sus amigos. Cuando Marisa fue a coger su bici, la llave no conseguía abrir el candado. Parecía como si se hubiera atascado. Dawa lo intentó y con tan mala suerte la llave se rompió. A Marisa casi le da algo, poco le faltó para llorar allí mismo. No había nada que pudiéramos hacer hasta el día siguiente, así que tuvimos que dejar su bici allí.

Tuvimos que ir al pub andando ya que Marisa ahora no tenía bici. Quedaba más lejos de lo que imaginaba y además estaba como en una zona industrial. Nos contó que era un pub alternativo donde iba la gente joven. A mi recordó un poco a la Tabacalera porque parecía un edificio industrial abandonado que habían transformado en pub. La amiga que celebraba el cumpleaños era mitad española y mitad holandesa, aunque se había criado en España. Llevaba dos años viviendo en Holanda y como pudimos comprobar la mayoría de sus amigos eran españoles. En Ámsterdam también había bastantes españoles buscándose la vida por la crisis.

Nosotras nos sentíamos un poco fuera de lugar porque todo el mundo estaba muy borracho y muy metido en ambiente, bailando y desmadrándose. La verdad que también estábamos cansadas, así que no bailamos mucho y además teníamos un hambre tremenda. La gente no parecía tener prisa por irse a cenar y yo ya empezaba a impacientarme. A eso de las 10 de la noche dijeron que ya era hora de irse a cenar. Al salir fuera, vimos que había gente alrededor de fogatas.

Cogimos nuestras bicis y Marisa tuvo que montarse en el sillín de una de las bicis. Seguimos a Dawa y sus amigos (casi todos los que estuvieron la noche anterior) hasta un restaurante indio que quedaba cerca de su casa (al parecer uno de los pocos sitios donde nos darían cena a esas horas). Era increíble la rapidez con la que pedaleaban estos chicos, a mi me costaba seguir su ritmo; como se nota lo acostumbrada que está la gente en Ámsterdam a la bici.

La comida de este restaurante indio era deliciosa no, lo siguiente. De verdad que la disfruté muchísimo, una de las mejores comidas indias que he comido en mi vida, y mira que he comido muchas. Quizás es que también tenía mucha hambre. Nos pusieron tantísima cantidad, que hasta pude llevarme un poco para comer al día siguiente.

Así terminó este día en Zaanse Schans y Ámsterdam. Al día siguiente nos esperaba más recorrido en bici por Ámsterdam y después nos íbamos a un pueblecito de las afueras donde nos esperaba otro couchsurfer. No os perdáis la próxima entrada donde os lo contaré con detalle.

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Día 4: Más recorrido en bici por Ámsterdam (17 de septiembre)

 

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8 pensamientos en “Día 3: Visita al pueblecito de Zaanse Schans (16 de septiembre)

  1. Mira que me han hablado bien de Amsterdam, pero ahora mismo no es una de las ciudades europeas que más me llamen, pero sus alrededores con esos paisajes verdes y con los singulares molinos si que me llaman poderosamente la atención 😀

    Saludotes!

    • Pues sí, te iba a encantar, este pueblo es una monada. Y Ámsterdam yo creo que te terminaría gustando también. Ya me dirás si alguna vez te animas a ir.

      Saludos!

    • Sí que es bonito. No todos los que van a Ámsterdam se les ocurre asomarse a los alrededores, pero de verdad merece la pena ir. Espero que lo visites en una ocasión futura! Saludos!

  2. Amsterdam es una ciudad preciosa y los pueblos, todo verde, son puro encanto. Una de las cosas más bonitas es la cultura de ir en bici.
    Muy bien! un abrazo

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