Estambul: Comienzo y final de nuestra aventura en Turquía

Por fin os traigo el primer post de este gran viaje a Turquía que hice hace seis años y del que sólo escribí un extracto al poco tiempo de comenzar mi blog. Ahí lo dejé aparcado hasta que tuviera tiempo de escribir el viaje con el detalle que se merece. Hoy quería empezar con Estambul, que es el lugar donde el viaje comenzó y terminó, una ciudad llena de magia y encanto, y que además descubrimos en pleno Ramadán. Llegamos allí en avión un día de principios de septiembre del 2009, llenas de nervios y emoción, y dispuesta a dejarnos seducir por el exotismo que este país prometía. La primera vez que me adentraba en tierras asiáticas, y qué mejor forma de empezar que con Turquía, país que está entre dos continentes: Europa y Asia.

Estambul es la mayor ciudad de Turquía y también la más poblada de Europa, con una población de más de 14 millones de habitantes. Bizancio fue el nombre original de esta ciudad llena de historia, por la que pasaron persas, espartanos, atenienses, macedonios y otomanos. El patrimonio histórico y cultural de esta ciudad es enorme. Mezquitas, iglesias, sinagogas y palacios abundan en la ciudad, y por ello la Unesco la declaró Patrimonio de la Humanidad en 1985. La ciudad vieja ocupa las dos orillas del Cuerno de Oro, una estrecha bahía con forma de cuerno que fue el puerto de Estambul. La ciudad moderna es más grande y ocupa los lados europeo y asiático del estrecho. A pesar de los 5 días que teníamos para ver la ciudad, no acabamos de verlo todo. La verdad que es una ciudad tan grande y con tanto que ofrecer que hace falta una buena planificación para no perderse nada.

Por la mañana temprano me desperté en el albergue donde nos alojábamos con el canto de un imán que llamaba a los rezos en la mezquita. Sentí una sensación de misticismo indescriptible, y desde la ventana contemplé las vistas de una ciudad que despertaba, con el cielo aún amaneciendo, las torres y cúpulas recortándose en el horizonte. Estaba ansiosa por empezar a descubrir este país tan nuevo para mi y que seguro iba a sorprenderme a cada momento. Ya no pude dormir más, sólo pensando en marcharme a recorrer aquella ciudad tan llena de magia y belleza.

Empezamos visitando la Mezquita Azul, con sus seis minaretes, su precioso patio interior y sus enormes cúpulas. Estaba muy animada y llena de gente cuando fuimos a visitarla, entre turistas y musulmanes rezando. Nos tuvimos que poner un pañuelo en la cabeza para entrar, norma obligada para todas las mujeres, pero al menos podíamos entrar. También había unos grifos para lavarse los pies antes y después, y muchos hombres se lavaban a conciencia, y no sólo los pies.

Después fuimos a la Iglesia de Santa Sofía, justo enfrente, otro de los famosos edificios que merece la pena visitar. Se trata de una antigua basílica ortodoxa, convertida posteriormente en mezquita y ahora en museo. Entre el año 360 y 1453 fue catedral católica bizantina de rito oriental de Constantinopla. El templo estaba dedicado a la Divina Sabiduría a la que se referencia en el Antiguo Testamento y diversas imágenes lo atestiguan. Este edificio es una auténtica joya arquitectónica con sus elaboradas cúpulas, arcos y minaretes.

Otro edificio que también visitamos y nos gustó mucho fue el Palacio de Topkapi que fue el centro administrativo del Imperio Otomano entre 1465 y 1853. La construcción del palacio fue ordenada por el sultán Mehmed II en 1459. En las muchas salas que visitamos se exhibían retratos de los sultanes, joyas, armas, obras de arte, etc. La decoración de los interiores era exquisita y muy elaborada. El palacio está entre el Cuerno de Oro y el Mar de Mármara, por lo que las vistas desde él son maravillosas.

En aquellos días del Ramadán el ambiente en la ciudad era tremendo, especialmente en la plaza de Sultanahmet. Me sorprendió porque pensé que eran días serios y solemnes donde los musulmanes estarían siguiendo normas estrictas y entregados exclusivamente a sus oraciones y ayunos, y así era parte del día. Pero por la tarde todo cambiaba, las calles se llenaban de gente haciendo picnics por todas partes, comiendo en abundancia, y las noches eran una fiesta tremenda, con música, baile y mucho jaleo. Fue muy divertido para nosotras estar allí y ser testigos de todo aquello, aunque nos cerraran los bazares aquellos días y nos quedáramos con las ganas de verlos. No os olvidéis de visitar los bazares si podéis, merecen mucho la pena.

La gastronomía turca no tiene desperdicio. En estas fotos podéis ver algunas delicias, como los famosos dulces baklava. También me parecieron curiosos los heladeros con sus trajes típicos.

Una cosa que nos llamó la atención es encontrar muchos cafés donde la gente fumaba pipa de agua o narguile. Allí la gente se reunía con sus amigos y compartían una pipa como algo social, en lugar de beber alcohol.

Cuando volvimos a Estambul al final del viaje de tres semanas en Turquía, pasamos dos días en la parte moderna de la ciudad, en la zona de la Plaza de Taksim. En el centro de la plaza hay un monumento que conmemora el quinto aniversario de la fundación de la República de Turquía en 1923, tras la guerra de independencia turca. La plaza estaba hasta arriba de gente ya que es un famoso punto de encuentro en la ciudad. El ambientazo era tremendo y bastante distinto del de la ciudad vieja, mucha gente joven saliendo a cenar y a los bares. Después de cenar, nos fuimos de marcha con unos couchsurfers con los que había contactado por internet. Fue genial porque nos llevaron a sitios muy buenos y originales, con buena música y buen ambiente. Terminamos a las tantas de la mañana, cuando la fiesta ya empezaba a terminarse.

Al día siguiente estábamos muy cansadas así que nos levantamos tarde y no hicimos mucho. Nos quedamos con las ganas de coger el barco que va por el Bósforo, la actividad que teníamos pensada hacer ese día pero el tiempo se nos echó encima y no la pudimos hacer. Si vais no podéis perdéroslo, yo lo tengo pendiente para la próxima, porque sin duda volveré en otra ocasión.

Menos mal que antes de ir a Taksim sí que fuimos a la Torre de Gálata, lugar desde donde se pueden disfrutar de unas vistas estupendas de la ciudad. La torre tiene una altura de 66,9 m y cuenta con nueve plantas. Subir hasta arriba fue toda una odisea, pues había varios ascensores y escaleras, pero mereció la pena por las vistas que se ven desde allí. Esta torre se construyó en 1348 como parte de la expansión de la colonia genovesa de Constantinopla.

Así terminaba nuestra estancia en Estambul y nuestro viaje en Turquía, espero poder seguir contando el resto del viaje por otros sitios del país en próximas entregas. Estad atentos porque seguro que os van a interesar y os van a servir para planificar vuestro viaje a Turquía.

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