Ganarse la vida dando clases de español en el extranjero

Hace tiempo que quería escribir un artículo sobre una actividad a la que le he dedicado bastante tiempo en estos últimos dos años: La enseñanza de español. El país donde lo he estado haciendo es Inglaterra, a donde emigré hace algo más de cuatro años. Pero no es algo nuevo, ya lo hice antes en otros países, incluso en España, aunque de forma ocasional. Sin embargo ahora se ha convertido en mi trabajo complementario que ejerzo de forma regular semana a semana. Para mi se ha convertido en una manera fantástica de ganarme la vida mientras desarrollo mi empresa de viajes y antes mientras viajaba. La verdad que ser profesor de español es un trabajo estupendo para todos los que nos gusta viajar y vivir en el extranjero.

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Las clases que he estado dando han sido siempre clases privadas individuales o a veces a dos personas que estudian juntas. Empecé dando clases en persona pero más adelante empezaron a surgirme estudiantes online, algo que al principio resultó un reto pero ahora disfruto cada vez más. Si sabes cómo organizar bien tu clase por Skype puedes disfrutar de la posibilidad de trabajar desde la comodidad de tu casa. Sin embargo, no basta ser nativo para dar buenas clases de español, y a veces podemos encontrarnos que la falta de recursos y herramientas pueden jugarnos malas pasadas. Además si quieres plantearte enseñar a grupos en una escuela es muy probable que no sea suficiente ser nativo y necesites tener un certificado.

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El viaje como experiencia de transformación

Después de doce años viviendo y viajando por distintos países del mundo, de haber alcanzado ya la cifra de 30 países visitados, de haber acumulado una gran diversidad de experiencias fruto de mis numerosos viajes y estancias en el extranjero, no puedo dejar de preguntarme cómo sería mi vida si no hubiera salido de mi ciudad. Y no sólo mi vida, si no yo misma, pues todo lo que he vivido en estos años me ha cambiado profundamente en muchos aspectos. Para mi está claro que yo no sería la que soy hoy día si no hubiera decidido un día coger mi mochila y salir a explorar el mundo, si no hubiera tenido el valor de dejar mi zona de confort para aventurarme en tierras extrañas, de poner mis sueños por encima de todo para seguirlos hasta el final.

A veces cuando viajo tengo destellos de consciencia que me hacen reconocer lo privilegiada que soy por tener tan variadas experiencias en tantos lugares del mundo, de mezclarme con sus gentes y de contemplar con mis propios ojos entornos naturales de infinita belleza. Cuando era pequeña leía libros y veía documentales de lugares con los que entonces yo sólo podía soñar, pensaba que sería difícil llegar a visitarlos y que quizás tendría que conformarme con conocerlos en la distancia. Hoy día me doy cuenta de que no hay límites para hacer lo que uno desee en la vida, y esto es algo importante que viajar me enseñó, puedo llegar tan lejos como desee y superarme a mi misma constantemente.

Siempre he sido muy miedosa, creo que aún lo soy, a pesar de que muchos dicen que soy valiente. La diferencia entre antes y ahora es que antes dejaba que mis miedos dominaran mi vida hasta el punto de impedirme hacer muchas cosas; ahora yo hago lo que quiero a pesar de mis miedos, no dejo que me controlen. Si por miedo me hubiera quedado en casa, me habría perdido tantas cosas en la vida, y todavía estaría soñando en la distancia con lugares lejanos. Hoy día estos lugares han dejado de ser lejanos, y yo he decidido ser parte de ellos, recuperando un poco de mi misma en cada lugar que visito, enraizándome por el mundo, y quitándome las máscaras que llevaba en la ciudad en la que crecí para ser cada vez más yo misma.

Hace tiempo que quería escribir esta reflexión viajera pero siempre lo iba aplazando, anteponiendo otras cosas que tenía que hacer. Esta vez he seguido el impulso de escribirlo sin más aplazamientos aprovechando que estoy recién llegada de un viaje por el Caribe de Costa Rica y Nicaragua. Que además con Nicaragua añado un nuevo país a mi lista, un país que no me ha dejado indiferente, sino más bien al contrario, con ganas de experimentarlo más. Recorriendo las calles de Granada y sus animados mercados, no puedo evitar acordarme de otros lugares similares donde estuve, como México o India, con tanta vida y movimiento. Me llama la atención los rasgos indígenas de los rostros de los nicaragüenses, a diferencia de los costarricenses que están más mezclados, y me deleito escuchando su acento al hablar y hablando con ellos. Y qué puedo decir de los paisajes impresionantes que he contemplado, volcanes, lagos infinitos, bosques llenos de vida,… no tengo palabras. Sólo han sido tres días pero tan intensos como si hubiera estado allí un mes, y eso es otra de las cosas bonitas de viajar, que sientes como si tu tiempo se extendiera y diera más de sí.

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Lo dejo aquí de momento aunque podría hablar mucho más de este tema en el que he pensado muchas veces cuando viajo. Sé qué muchas decisiones que he tomado últimamente en mi vida nos la habría tomado mi antiguo yo, el que se quedaba en casa por miedo, el que no creía en si mismo, el que resignadamente aceptaba lo que decía la mayoría aunque no estuviera de acuerdo. Viajar expande la mente y te acerca a tu verdad, es un paso hacia tu libertad, es darse el permiso de ser quién tú eres en realidad. Y es aprendizaje, superación, apertura, reconexión, y mucho más, tanto como uno se permita experimentar.

Por si te hubieran entrado ganas de viajar después de leer esta reflexión viajera, te invito a consultar las ofertas de vuelos y viajes que puedes encontrar en internet. Seguro que encuentras alguna que se ajusta a tus intereses y posibilidades, para que no sigas aplazando más ese sueño de viajar, y lo hagas realidad como lo hice yo.