Días de playa y granja en Montezuma (Península de Nicoya)

Mi último mes en Costa Rica (abril 2014) comenzó en la Península de Nicoya, en concreto, Montezuma, una famosa playa con ambiente hippy. La Península de Nicoya es la península más grande de Costa Rica, bañada por el Océano Pacífico, y en sus costas puedes encontrar playas de finas arenas, acantilados, bahías, ríos, etc. Hay bosques tropicales secos, y el clima es más cálido y seco que en otros sitios del país. Abarca las provincias de Guanacaste y Puntarenas (al norte del país), y es un destino muy turístico por sus famosas playas. También hay varios parques nacionales que merece la pena visitar.

Mi trabajo en Rancho Margot terminó a finales de marzo y después de pasar unos días visitando algunos lugares de la zona de Arenal, viajé a Montezuma. Fui allí por varias razones: por probar en un lugar muy diferente de donde había estado en los últimos meses (Arenal y Monteverde), porque varios amigos y conocidos que habían estado allí me lo habían recomendado y porque conseguí un voluntariado para unos días. Me quedaban más de tres semanas antes de regresar a Costa Rica y no me apetecía mucho dar vueltas por todo el país, aparte de que ello suponía un gasto de dinero considerable (no olvidemos que Costa Rica es el país más caro de Centroamérica). Por eso me fui a una granja cerca de Montezuma para hacer un voluntariado de diez días, y aquello fue toda una experiencia que contaré a continuación.

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Nicaragua 2014: San Juan del Sur

A finales de enero del 2014 tuve que salir de Costa Rica para renovar mi visado de turismo, algo que hay que hacer cada tres meses. Decidí volver a Nicaragua, como hice la vez anterior, ya que era el país que tenía más cerca y sólo quería pasar cuatro días allí. Esta vez fui a San Juan del Sur, el destino de sol y playa más famoso de Nicaragua. No fui allí por esa razón, de hecho ese tipo de turismo no me atrae para nada. La razón por la que fui, aparte de por la cercanía a la frontera de Costa Rica, fue para conocer una ONG que trabaja con comunidades locales que se encuentran en las inmediaciones de San Juan del Sur. Sus proyectos me parecieron muy interesantes y por ello quería conocerlos de cerca, ya que pensé en la posibilidad de organizar viajes solidarios con ellos.

Para llegar hasta allí cogí un bus desde la población El Tanque, cerca de La Fortuna de San Carlos, hasta Peñas Blancas, la frontera. Una vez allí, hice todos los trámites habituales de cruzar la frontera, caminando el kilómetro que separaba ambos países, parando en los lugares indicados para sellar y pagar impuestos. La vez anterior fui con Ticabus y ellos se encargan de facilitarte los trámites, pero el proceso es más largo pues hay que esperar a todos los pasajeros, además de que este autobús es más caro. Esta vez decidí ir en transporte público y cruzar la frontera a pie, pues no sólo me ahorraba dinero sino también tiempo. No fue tan complicado como temía y cuando quise darme cuenta ya estaba pisando suelo nicaragüense. Enseguida encontré un bus hasta Rivas que me iba a llevar hasta el cruce de La Virgen, lugar donde tenía que bajarme para coger el bus hasta San Juan del Sur.

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La comunidad de Carbón Dos y el Parque Nacional de Cahuita

Regresamos a la pequeña población de Bambú tras recorrer el río Yorkín, dejando atrás la comunidad Bribri en la que habíamos participado en diversas actividades de turismo rural comunitario. En Bambú nos esperaba el mismo conductor que nos había traído hasta allí dos días antes para coger el bote. Sinceramente sentía como si hubiera pasado más tiempo. Con nosotros venía el hijo mayor de Prisca, aunque él se bajaría en un pueblo a mitad de camino. Poco después de que él se bajara del minibús, paramos en un supermercado para comprar algo de comida ya que la cena de esa noche no estaba incluida en el paquete. No tardamos mucho en llegar a nuestro nuevo destino: Casa Calateas, una posada rural con mucho encanto en pleno bosque, cerca de la comunidad Carbón Dos.

Allí nos esperaba Luis, el dueño de Casa Calateas, una persona que desde el primer momento nos inspiró confianza y con el que en poco tiempo hicimos una buena amistad. Su gran sentido del humor y sus casi constantes bromas, nos hicieron reír mucho durante nuestra estancia y sentirnos tan cómodos con él como si fuera un amigo de toda la vida. Allí había una mesa de ping-pong que se convirtió en el vicio de mis amigos durante aquellos dos días, y Luis tampoco se quedaba corto. Todo empezó porque queríamos salir a hacer una caminata nocturna pero se puso a llover bastante fuerte. Mientras esperábamos a que parara, nos pusimos a jugar al ping-pong, y aquello fue ya nuestra perdición (bueno, la mía no tanto, pero sí la de mis amigos que ya no podían desengancharse). Yo aquella primera noche estaba más interesada en explorar aquel precioso hotel rural rodeado de bosque.

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Una ecoaldea en un lugar remoto del Caribe

Continúo contándoos nuestro viaje en el Caribe Sur de Costa Rica. Nos quedamos en ese bote que nos recogió en Manzanillo para llevarnos a la ecoaldea de Punta Mona, un lugar peculiar e interesante, donde demuestran que es posible llevar una vida más sostenible y respetuosa con nuestro planeta. Esta ecoaldea fue creada en 1997 por un americano visionario, Stephen Brooks, que antes se dedicaba a organizar viajes de ecoturismo para estudiantes americanos. En cuanto llegó a este lugar, conectó con él y con su único habitante, y decidió comprar un terreno para comenzar su visión de crear un lugar donde vivir de forma sostenible con el entorno. Yo tenía mucho interés en este lugar, de hecho pensé hasta en hacer mi tesina en él mientras hacía un voluntariado, pero me salía demasiado caro. Además otro problema es que la conexión de internet es muy mala y lenta. Pero bueno, al menos iba a poder visitarlo un par de días.

El trayecto en el bote duró como media hora y fue muy divertido! Por qué, os preguntaréis. Bueno, pues había bastante oleaje y eso hacía que nuestro bote fuera dando saltos sobre las olas lo cual nos hizo gritar en más de una ocasión. Nos aproximamos a unos islotes donde nos dijeron que se veían bastantes aves, y ya vimos algunos pelícanos en los árboles. También nos dijeron que alrededor de allí también era bueno para el snorkel aunque había que tener un poco de cuidado con las olas al acercarse a las paredes rocosas. Al acercarnos a la costa, teníamos ante nuestros ojos preciosos palmerales verdes que contrastaban con el azul del mar, bienvenidos al paraíso.

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El pueblo de Tortuguero y sus habitantes

Ya llevo casi cuatro semanas viviendo en este peculiar pueblo del Caribe llamado Tortuguero, así que creo que ya toca hablar un poco sobre él. Se trata de un pequeño pueblo en plena selva tropical, con el río Tortuguero y los canales a un lado, y al otro la playa del Caribe donde miles de tortugas marinas vienen a anidar cada año. El pueblo está situado en el Caribe Norte, provincia de Limón, en lo que se llama Barra de Tortuguero. Está bastante remoto y no hay carreteras que lleguen a él, por lo que hay que tomar un bote o un avión para venir aquí. Algo curioso del pueblo es que no hay coches, así que la gente se transporta en bici o andando, y para llevar carga o recoger la basura utilizan quads. Para ir del pueblo a otros sitios situados en la margen del río, el transporte es acuático.

Los habitantes de Tortuguero son de diversa procedencia y como consecuencia se ha creado una interesante mezcla cultural. Por un lado están los ticos, en su mayoría mestizos, por otro los descendientes de la población afrocaribeña que emigró aquí (principalmente de Jamaica), por otro inmigrantes de Nicaragua, y finalmente algunos inmigrantes de otros países del mundo (americanos, australianos, alemanes, españoles, sudamericanos, etc). Está claro que el clima y el ambiente influye en sus habitantes, y el calor del Caribe tiene su influencia en la gente que aquí vive. Son gente abierta, expresiva, relajada, disfrutadora, y les gusta reunirse, pasar tiempo con sus vecinos, la fiesta, bailar y la música a todo volumen.

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